Productividad

Tenía la edad aquella en que la certeza caduca.

Jorge Drexler se hallaba plantado sobre aquel escenario austero y minimalista. Iba vestido con corbata, aunque seguía pareciendo de lo más bohemio. Explicaba al auditorio, aunque para mí lo hacía para una pareja de enamorados que se sentaba en primera fila con las manos cogidas, sobre el significado de una canción preciosa de la que he extraído la magnífica cita que abre la publicación.

La edad en que la certeza caduca… ¿qué edad será esa? Quizás a algunos nos les llegue jamás. A mí ya me llegó y la realidad se hizo más dura, pero también más auténtica, desde entonces. Las personas tendemos a coleccionar una serie de verdades absolutas, inamovibles, que hacen las veces de punto de referencia para no perdernos en la vastedad de la realidad. A menudo estas verdades cristalizan de tal forma en nuestra forma de entender el mundo que devienen pilares sobre los que construir nuevas verdades. A medida que cumplimos años, si jamás decidimos revisar el estado de estos pilares, la torre de verdades es tan alta que el mero hecho de imaginar que uno de esos pilares pueda romperse ya nos produce vértigo, de modo que omitimos toda información que atente contra la integridad de éstos.

A veces damos por ciertas cosas que no entendemos. Suena extraño, mas no lo es. Vivimos en el siglo de la información y del desconocimiento. A menudo la gente cree saber algo, pero no lo sabe, sino que está repitiendo una información que no ha interiorizado, solo la ha escuchado, leído y repetido infinidad de veces. No es necesario siquiera que la fuente sea fiable. Cuando dices que hay lugares donde las personas acuden a chamanes para curarse, la gente se ríe. Pero luego se compran el Activia para ir al baño y el Actimel para que los niños no se resfríen. Sin entrar a valorar la ciencia basura de Danone, ¿qué diferencia hay entre creer que un chamán va a quitarte un sarpullido y que un yogur de Danone va a aliviarte el estreñimiento?

Somos manipulables, de eso no hay duda. A veces sólo hay que escuchar el principio de una frase para saber cómo termina, porque no es más que un repetición. Es lo que tiene no comprender las cosas, que se memorizan textualmente. El criterio propio se va sustituyendo por las directrices que nos han ido metiendo con calzador día tras día. De esta guisa llegamos al punto que más me preocupa, y es el concepto que tiene el individuo occidental de su propia existencia. Vivimos en sociedad, lo que implica que no podemos ir a la nuestra sin más. Hay unas reglas que debemos seguir, unas obligaciones y unos derechos para con nuestros conciudadanos. Todo esto lo comprendo – no lo repito sin más – y lo secundo. Pero no perdamos de vista que somos individuos que viven en sociedad, y que, mientras sigamos las reglas y cumplamos con nuestras obligaciones, somos libres de hacer lo que nos plazca.

Esto parece una perogrullada, no obstante, voy a explicarme.

No sé en qué momento se instaló en la conciencia de la mayoría de personas que debían contribuir, no ya a la sociedad, sino a la rueda capitalista en todo momento. Es frecuente escuchar cosas como “ayer no hice nada productivo” con cierto tono de culpa. Parece que nuestro tiempo solo puede servir para consumir o para producir, y todo lo que se salga de ahí es digno de oprobio. Hemos llegado a un punto en el que, si no estamos en un bar, en una tienda o realizando alguna actividad cultural previo pago, nos sentimos mal. Cualquier quedada debe venir siempre con un plan bajo el brazo, un plan que incluya consumo de algún tipo. La vida contemplativa es condenada. Si te pasas una tarde sentado en un banco reza porque nadie te pregunte qué hiciste al día siguiente, porque serás juzgado por perder el tiempo.

Otro caso que me llama la atención es de las aficiones. Imagina por un momento que se te da genial hacer peluches con fieltro y que, además, te lo pasas bien haciéndolos. Lo primero que te dirá alguien al ver tus obras será “¿has pensado en venderlos por Internet o algo?”. De nuevo la productividad. En el momento en que se busca un rendimiento económico la afición pasa a ser trabajo, y la esencia de ésta se evapora. Parece que vivir al margen de la rueda de la producción y el consumo es algo perverso o absurdo. No alcanzo a comprender por qué los mismos obreros tienen esa forma de pensar, cómo se ha logrado instalar esa mentalidad en individuos libres, cuerdos y cabales. Me preocupa.

Conviene revisar el concepto de productividad que tenemos, desplazando el foco de la acción. Lo productivo puede serlo tanto para la sociedad como para uno mismo. Lo que contribuyes suele estar remunerado – por algo será – y convertirse en una obligación, por lo menos para los pobres. Encuentra aquello que sea productivo para ti mismo. Quizás te des cuenta de que al margen de la rueda hay vida, y bastante más auténtica. Es la tuya.

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2 respuestas a Productividad

  1. pinedo dijo:

    Hace poco leí un post de alguien que insinuaba que vivimos en un sistema de propaganda -propaganda capitalista-: http://elfarocritico.blogspot.com.es/2013/05/sabe-el-norcoreano-que-en-su-pais-hay.html
    El que está dentro del sistema no es consciente de ello. Todos los demás son como él. Y como dices: el vivir en sociedad tiene ese cruel defecto -tienes que someterte a unas normas legales y morales-. Las personas somos como las moléculas de agua, podemos andar por ahí solas, pero tendemos a agruparnos 🙂
    La tv -los mass media- hace mucho daño, te hace desear cosas que de otra forma ni conocerías y que desde luego no necesitas. Establece el ideal de caso de éxito, de belleza… Pone a debate temas que seguramente serían irrelevantes a la mayoría de los mortales. Estableciendo un imaginario colectivo, poniendo límites al lenguaje, de tal forma que es casi imposible pensar otras alternativas.
    Por eso necesitamos la mirada del Artista -el artista está más allá del bien y del mal, de la riqueza o la pobreza-, para que haga tambalear nuestro pilares.
    Saludos Artista!!

    • apergo dijo:

      Me alegra verte de nuevo por aquí. Gracias por el enlace, muy buen artículo. Creo que me guardaré ese marcador.

      Los medios de información no son el mal, sólo son el arma, la herramienta. Tenemos a unos grupos de poder que lo controlan todo. Controlan a los dirigentes, controlan las empresas, controlan los medios… Al final la vida del occidental es una broma. Vivimos enjaulados en la comodidad, en el sentido más amplio. Porque obviar el drama es cómodo. Por eso nos creamos los nuestros propios, pequeñas gilipolleces con las que nos hacernos creer a nosotros mismos que sufrimos y que son suficiente para seguir adelante sin que el sentimiento de culpa cristiano nos aguijonee demasiado por no hacer nada.

      A mí lo que me tiene realmente sorprendido es que, con la que está cayendo, casi nadie se plantee ni por un sólo momento que el sistema falla. Es como un tabú, y no tarda en salir el comentario de “¿es que el comunismo es mejor?”, como si la vida fuese blanca o negra. Ni por un momento nadie se plantea que quizás la vivienda, los medicamentos o el pan no debieran ser tratados como mercancía en un mundo humanizado. El capitalismo salvaje corre por las venas para regocijo de las grandes fortunas. Y no digo que consumir esté mal, pero no todo puede valer, no todo se debe poder comprar y vender. Pero sí, la propaganda ha surtido efecto.

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